Wednesday 10th of March 2010
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En nuestro modelo, extendemos la teoría de las relaciones objétales y exploramos la internalización de los símbolos culturales. Nuestro enfoque terapéutico explica y entiende el contexto social pero, además, proponemos una teoría psicodinámica de las relaciones con los símbolos culturales. Creemos que las funciones culturales son matrices relacionales, como una matriz maternal, a las cuales las personas se vinculan consciente e inconscientemente.

Las teorías de Fairbain de que el sujeto es un buscador de objetos, no sólo se aplican a las personas en su familia temprana. En una cultura de consumo masivo, los individuos buscan relaciones objetales con los símbolos culturales dominantes: de los Ninjas a los Power Rangers; de las Barbies a la ropa de Calvien Klein.

En la teoría de Winnicott, el símbolo cultural se puede convertir en un canal de relación, una manera de trascender relaciones traumáticas tempranas y un constructo a través del cual la gente interactúa a través de proyecciones e introyecciones. Los símbolos en la vida externa se vinculan con el objeto interno especialmente en su papel de espejo del self. Estadio del espejo, preliminar al uso de símbolos.

Entender la relación entre individuo y símbolo es importante para saber hasta que punto actúa como ese espejo, sosteniendo y conteniendo al self y hasta que punto actúa más bien como el espejo Lacaniano, descentralizando al self o creándolo desde afuera.  El símbolo Winnicotiano es benigno, es el regalo de la madre, objetos que acarrean un mensaje de cuidado y amor, símbolos que dejan espacio a la experiencia individual y a la autenticidad. Pero los símbolos en una sociedad de consumo no son ni benignos ni neutrales: las barbies cambian su mundo interno cambiando su ropa. Estos símbolos son monolíticos, imágenes de cuerpos femeninos jóvenes, muy delgados que se convierten en objetos transicionales, pero a diferencia de los objetos definidos por Winnicott que sirven en la infancia para negociar la tensión, los miedos y los impulsos, estos símbolos e imágenes del cuerpo femenino, están destinados a controlar a aquellos que de manera simbólica se vinculan a ellos. Están creados para manipular deseos y necesidades y explotar al que los usa. De esta manera, esta cultura parental, reproduce el papel de una madre narcisista engolfante y controladora y así, la mujer, en un pasillo lleno de espejos que desfiguran su imagen como en la casa de la risa, se miran y se ven distorsionadas creyendo que su poder reside en transformar su cuerpo, que si toman menos, tendrán más.

Una gran dificultad que tienen las mujeres es que han internalizado una disciplina para construirse como objetos deseables, no sólo para los hombres sino también para el trabajo y las oportunidades sociales. Esto no quiere decir que la mujer no tenga subjetividad y que sea sólo objeto del hombre. No, tiene una marcada y construida subjetividad que incluye no sólo su deseo de ser atractiva sino complacer a su propio crítico interno que tiene estándares sociales  en cuanto al carácter y la belleza.

El hecho de que la mujer gana 65% menos de que gana un hombre, no es una simple estadística. La feminización de la pobreza muestra que la mujer, por sí misma, no gana ni tiene lo  mismo en lo social y en lo económico, que vinculada con un hombre. Por ello, la mujer debe de esculpirse a ella misma como un objeto en el mercado para cubrir su enorme sensación de inseguridad

Así, la mujer se limita a ella misma para satisfacer su papel de género en un mundo de  requisitos sociales que la marca con un enorme sentido de autocrítica. La mujer logra su estatus auto-disciplinando sus apetitos. Este es el arte de ser mujer que le enseña cómo sufrir con el objeto de crear una apariencia visual, conocida como look, que implica invertir mucho tiempo y dinero para mejorar la apariencia y satisfacer los estándares de crítica internalizados. Habiendo internalizado esta misoginia funcional, la mujer debe hacerse hipercrítica; aprende a proveer y nutrir y tiene miedo de sentir sus propias necesidades y esto se aplica al hambre y a lo que el cuerpo necesita. Este mecanismo, que pone a la mujer en el lugar de dar más que recibir privilegios, se traduce simbólicamente en la represión de su propia hambre. Se siente obligada a suprimir sus necesidades y deseos y se siente humillada cuando los siente emerger. Pero como ser humano es experimentar apetitos, deseos y necesidades, se construye entonces un sentido primario de vergüenza, frustración, y humillación en la condición de ser mujer.

Los medios de comunicación, en especial los anuncios, manifiestan que en lugar de que el auto-respeto y el carácter se logren a través del trabajo, se pueden comprar a través de la apariencia: cirugías, gastroplastías, lifts, implantes o reducción de senos, de nariz y por supuesto, las dietas. Comer y vivir en el cuerpo, cosas que deberían  ser respuestas a un ritmo de sabiduría interna, dejan de serlo o incluso nunca se desarrolla.. La mujer aprende a desconfiar e ignorar su hambre y su relación con la comida está sobredeterminada por la cultura y así, éstas se convierten en metáforas y maneras de expresar inseguridades convirtiéndose en áreas de intensa desesperación.

El psicoanálisis feminista dice que un determinante del ideal de delgadez es que la super mujer quiere hacer su cuerpo fuerte, como el de hombre, precisamente porque no sabe cómo ser en un mundo de hombres, quiere transformar su cuerpo porque su cuerpo de mujer no es respetado. Estar muy delgada es un intento de estar más allá del reproche, y en la anorexia, su rechazo a los aspectos humillantes de su papel femenino. La delgadez simboliza el continente de la vulnerabilidad interna y esta vulnerabilidad está representada por el cuerpo femenino.

 

La paciente anoréxica

La paciente con anorexia dramatiza el mandato de que la mujer debe parecer, no ser. Y en esa necesidad de reconocimiento que da forma y sustento a su vacío interno, creyendo con razón que amor, conexión y comida, sólo significan peligro. La anorexia, desde nuestra perspectiva, no es una negativa a crecer, sino una protesta en contra de la vida que se le ofrece a una mujer . La comida representa el objeto traumatizante, persecutorio, envenenado, internalizado como el cuidador inadecuado, sádico, intrusivo, tóxico y controlador. La anorexia pretende preservar el self, self no sólo incapaz de desarrollo sino además atacado por lo cual necesita disociarse para protegerse del abandono o la aniquilación. La mujer siente, que entre más pequeña, menos espacio deja  en su interior para ser atacada. Para protegerse, controla la comida y sus pensamientos obsesivos organizan su vida psíquica y el control de sí misma se convierte en el objetivo de su vida.. La comida es un objeto peligroso, su cuerpo como continente de necesidades, sentimientos, demandas y deseos que aterrorizan, tiene que ser controlada y rechazada. Sin otra herramienta en las manos, usa el cuerpo y la comida para crear un ser más aceptable, aspira a ser perfecta, esculpe en su fantasía, un cuerpo invencible.

Gordura, ese atributo femenino horrorizante, jamás será para ella. Su vida tiene que estar más allá del reproche; su cuerpo no puede necesitar comida, sexo, seguridad y confort, no debe necesitar nada y así no teniendo necesidades está libre de culpa. Su anorexia le da solución, logra poder en la medida que triunfa sobre sus necesidades.

Soy anoréxica es una afirmación de uniqueness, le da identidad. Su negación del hambre y del sueño le da una sensación  momentánea de éxito. Su cuerpo delgado, pero nunca suficientemente Delgado, es un símbolo de logro, de mastery. Lo que no sabe es que su cuerpo nunca será lo suficientemente delgado para cambiar su realidad interna, la percepción de un mundo que se siente como hostil y aterrorizante. Sin intervención terapéutica efectiva, su búsqueda de auto estima a través del control de su apetito se convierten en una lucha que eventualmente lleva a la muerte.

Bulimia


La mujer bulímica, atrapada en el dramático ciclo de atasque-purga-restricción, controlando lo que entra  y sale de su cuerpo, intenta demostrar lo que siente sin control e inmanejable. Transfiere el trauma a una batalla alrededor de su cuerpo inconscientemente esperando curar las heridas que la negligencia y o la explotación narcisista entre otros, dejó en su psique. Más y más mujeres están desarrollando bulimia. Este fenómeno requiere un análisis socio-cultural así como la comprensión de la historia personal de cada mujer. La bulimia puede ser entendida como resultado del enorme estrés que demanda la nueva mujer que ingresa l mundo del trabajo. Con una psicología marcada por el género, el cuerpo se hace el lugar que contiene y elimina estas contradicciones. El ambiente familiar se describe con frecuencia como  no teniendo espacio para ellas, sin pedir nada, siendo buenas niñas. Se hacen cuidadoras ya que sus necesidades no son importantes y usa su papel de cuidadora para definirse a sí misma. Eso le asegura un lugar en la familia siendo cualquier cosa que la familia necesite que sea: inteligente, perfecta, sexy, éxitosa o no y de esta manera gratifica las necesidades emocionales de los padres. Dentro de esta buena niña, hay una pequeña implorando reconocimiento. Se esfuerza en ser la mejor para defenderse en contra del vacío interno, rabia y sentimientos de abandono. La sintomatología bulímica es un espejo perfecto del problema básico.

Nadie sabe su caos, desesperación y vergüenza.  Sus necesidades y deseos están disociados y desplazados hacia la comida porque cree que la comida no estará ahí, así como no está bien comer o sentir. Ir hacia la comida es un intento de resucitar la experiencia de maternaje positivo pero con mayor frecuencia la comida es el objeto excitante que inflama el deseo seduciendo con la promesa de nutrir y contener que nunca se obtiene. Dentro de ella, la comida destruye las defensas erigidas contra las necesidades y el objeto malo causa un estado de pánico. Ahora se siente invadida por sentimientos y conflictos de los que quiere alejarse, experimenta una sensación de límites internos, se siente invadida por un objeto aniquilador, intrusivo y convierte su terror y caos en un feroz odio hacia ella misma. Se siente fracasada, gorda, grotesca, llena de vergüenza. La comida dentro de ella y el miedo a la gordura simbolizan el miedo de estar en ese estado de terror e invasión de objetos malos que la purga ofrece desaparecer, restablece sus límites, sacando al objeto traumatizante, recupera el equilibrio y se siente temporalmente aliviada hasta que el ciclo de inicio una y otra vez. Algunas mujeres reportan que cuando vomitan se sienten que existen y se sienten vivas. La mujer bulímica repite simbólicamente lo que tuvo: no sólo fue insuficiente sino tóxico. Atascándose y purgándose, son las únicas, maneras que conoce para lidiar con su soledad y desesperación.

Vivir en  nuestro cuerpo como aprender a interpretar el hambre de manera exacta es un logro del desarrollo, a este proceso Winnicott le llamó indwelling  integración del cuerpo al self. Este es un proceso lento en el contexto de una relación con el cuidador cuyas amorosas manos apoyan al niño para convertirse en una persona. El niño tiene que ser aceptado y valorado para tener sentimientos saludables de personalización es decir, la existencia de un arreglo satisfactorio entre el cuerpo y la mente tiene sus orígenes y se basa en actitudes personales positivas acerca del cuerpo del niño. Cuando no están presentes, la actitud del niño hacia su propio cuerpo estará seriamente comprometida, tendrá una base débil para la formación de una sensación válida y aceptable de sí mismo en su propio cuerpo. El niño necesita encontrares en la cara de su madre para sentirse reconocido y  no puede, el bebé permanece perdido y no puede personalizarse. Si ve una cara crítica, vacía, deprimida, con odio o indiferente, vive la experiencia de que él es inaceptable y por ello su futuro será tormentoso. Sin espejo es difícil sino imposible ser visto o reconocido por el otro que es como una persona logra experimentar su propia subjetividad. Este proceso defectuoso de contención es lo que da cabida al falso self.

Los pacientes obsesionados por chocolates o pasteles, ya sea por comérselos o nunca comerlos, está, generando la fantasía que mágicamente pueden crear o recrear la solución, el símbolo de la satisfacción de su conflicto interno. Pero está creación mágica es una defensa y las necesidades siguen sin satisfacerse. Así, si un nuño permanece con hambre por mucho tiempo o lo alimentan cuando no tiene hambre, no se establece el hambre como señal para comer. El hambre, para nuestros pacientes, es tan desorganizante que se niega como experiencia corporal en la anorexia o se evita comiendo compulsivamente.

Para la niña, la experiencia se asocia con la falta de confianza en el ambiente pueda proveer y satisfacer necesidades. La comida otorgada cuando él no tiene hambre es vivida como “alimento falso”, cuando la tensión es recibida con dulces en lugar de contención, palabras suaves y amorosas, el niño aprende que comida es sustito de cercanía y amor. Esta confusión temprana aunada a las dietas crónicas, hace evidente el hecho dramático de que los pacientes con trastornos de la alimentación no usan y rara vez han usado el hambre o la saciedad como guía de cuando, cuanto y qué comer.

Con el incremento en la frecuencia de estas enfermedades, los espacios de tratamiento han proliferado, muchos, la mayoría, buscan controlar el síntoma, viendo el control como un objetivo más que como un problema. Otros, niegan e ignoran los síntomas en un esfuerzo aparente por ir a las raíces del verdadero problema psicológico. Desde nuestra perspectiva, es el síntoma en sí mismo el que contiene y revela la vida interna.

Por ello  la filosofía de la Fundación Ellen West, está basada en la convicción de que las mujeres tienen el derecho de ser entendidas y respetadas como individuos únicos que tienen su propia y particular combinación de fuerzas y debilidades, capacidades y recursos.

Entendemos a estas mujeres como personas cuya condición tiene sus orígenes en aspectos psicológicos y socio-culturales que se exacerban por vulnerabilidades genéticas y fisiológicas

Nuestro modelo de tratamiento  se fundamenta en el relacional psicoanalítico basado en la díada como medio para el trabajo.  Entendemos que la relación con el cuerpo y la comida constituyen repeticiones de relaciones objetales. El tratamiento  combina tanto las intervenciones terapéuticas dirigidas a la conducta alimenticia como a los relacionados con los aspectos emocionales y culturales. El tratamiento tiene un foco doble,  los síntomas de los t. de la a. y los aspectos emocionales se trabajan de manera simultánea. La comida, el cuerpo, el hambre, el género y las relaciones objetales son los temas recurrentes  durante el tratamiento. El psicoanálisis nos enseña cautela para no focalizar en los síntomas; Desafortunadamente hemos encontrado que mucha gente termina su análisis con su trastorno alimenticio intacto precisamente por no haberse hecho ningún trabajo directo sobre el mismo.

Creemos que el paciente tiene el derecho a recuperar su voz, a ser aquello que su enfermedad silenció, construir una identidad basada en su valor, inteligencia, logros;   atreverse a cuestionar la introyección del abuso y la violencia hacia ellas mismas; dicho de otro modo, nuestra perspectiva es de que el tratamiento efectivo le permite a la mujer experimentarse lo suficientemente valiosa para arriesgarse a soltar los síntomas de su enfermedad, perder ese espacio de poder y control que encontró y que puedan moverse del miedo, la soledad, el aislamiento de su t. de la a. hacia una exploración activa de quiénes son y quiénes pueden llegar a ser. En forma similar y justamente tan importante, de manera implícita o explícita, el tratamiento contiene la declaración de que la mujer tiene el derecho a descubrir sus propios recursos y determinar cómo ella quiere desarrollar su potencial.